El otro día lloré. Lloré en el baño, en la calle, en la plaza, en el paradero, en el bus azul. Lloré a chorros, sin que me importara quién me miraba, que se me corriera el maquillaje o que al otro día amaneciera con los ojos el doble de grandes y colorados. Mientras esperaba el bus, una señora me miraba con una cara de compasión absurda, que supongo que es la cara que yo pongo cuando veo a alguien llorar. Una niña de la calle se me queda mirando y mientras me pide plata me pregunta ¿Por qué llora? En ese momento no me pude haber sentido más desagradecida en esta vida. Ella, que tiene un medio vestido café que casi ni recuerdo, que está semidesnuda, sucia y flaca, me pregunta a mí, que vengo de trabajar, que voy para mi casa en un día normal, por qué estoy llorando. No hay derecho. Entonces me muero de la culpa por llorar por bobadas y sigo llorando, por culpa, y por todo lo demás que llevaba en el corazón.
En verdad creo que las lágrimas limpian el alma, y lo que sale, que ya son las propias lágrimas es toda la energía negativa que cargábamos adentro y que ahora sale para aliviarnos. A mi por eso no me molesta llorar...siempre y cuando no sea por un motivo realmente grave, en estos casos el dolor si no se cura tan fácil.
Me gusta llorar como lo dice Oliverio Girondo:
Llorar a lágrima viva.Llorar a chorros.Llorar la digestión.Llorar el sueño.Llorar ante las puertas y los puertos.Llorar de amabilidad y de amarillo.
Abrir las canillas,las compuertas del llanto.Empaparnos el alma,la camiseta.Inundar las veredas y los paseos,y salvarnos, a nado, de nuestro llanto. Asistir a los cursos de antropología,llorando. Festejar los cumpleaños familiares,llorando. Atravesar el África,llorando.
Llorar como un cacuy,como un cocodrilo...si es verdadque los cacuyes y los cocodrilos no dejan nunca de llorar. Llorarlo todo,pero llorarlo bien. Llorarlo con la nariz, con las rodillas. Llorarlo por el ombligo,por la boca.
Llorar de amor,de hastío,de alegría. Llorar de frac,de flato, de flacura. Llorar improvisando,de memoria.¡Llorar todo el insomnio y todo el día!
domingo, 2 de marzo de 2008
Obsesión azul
Ahora tengo una gran obsesión por el azul. No es por el cielo, ni por los jeans que me pongo casi diariamente, ni porque sea el color que el 80% de la gente prefiere entre todos. Se trata del único bus que me deja más cerca de mi casa. Es grande, con asientos de transmilenio y un gran espacio para que la gente se vaya parada, pegada al otro, aglutinada a una sola masa y atornillada a un tubo más alto que el promedio de los colombianos. Y claramente, es AZUL.
Este pedazo de lata, que tiene letreros digitales con letras doradas en su parte exterior, que cuenta con un chofer mudo, con uniforme y sin afán; que alberga universitarios y ancianos, y que se demora en pasar, se ha convertido en mi mayor salvación.
La dinámica que se teje en un bus es pasada de interesante, yo diría que es hasta chistosa. Digamos que son las 6 de la mañana. Usted va para la universidad o el trabajo. Espera el bus azul por 15 minutos y cuando llega se da cuenta que está cargado de gente…parada. Se sube, le paga al señor conductor mudo (hay hasta un letrero que dice: prohibido hablarle al conductor) y desde ese momento se sumerge en un aire pesado y caliente, y como por arte de magia y cuando menos se lo espera se encuentra pegado a una masa que con el transcurrir del tiempo se ha vuelto absolutamente compacta. Cabe aclarar que para donde se mueva esta aglomeración, usted lo hace también.
Una vez pegado a la masa y después de controlar que su maleta y su Ipod o celular estén a salvo, prosigue a inspeccionar el área (que ahora es casi homogénea): Jóvenes oyendo música, viejitas con sacos tejidos, ejecutivos con saco y corbata, señoras con grandes carteras y niñas que se nota que acaban de entrar a la universidad.
Lo más chistoso de estar dentro de la masa es que por más cerca que usted esté de alguien, nunca pero nunca lo va a saludar, ni a sonreírle o a levantarle la ceja. El bus urbano es el sitio en que las personas pueden llegar a compartir hasta dos horas de viaje sin ni siquiera saludarse. Eso sí, nos miramos los unos a los otros, de arriba abajo (o según la posición de la masa), escuchamos conversaciones entre amigos, por el celular, la música del otro, en fin. Pero jamás hay otro gesto entre esa cantidad de gente que comulga en el mismo rito matutino. El bus, en una ciudad tan grande como esta, es el nuevo punto de encuentro. Pero sería muy difícil aceptar el hecho de que todos, por sólo estar allí, tenemos mucho en común. Y claro que tenemos mucho en común, pues no por nada el transportarse hace parte de las necesidades suntuarias del hombre. Sin esto, creo que nos limitaríamos a las primarias como lo son alimentarse e ir al baño. Con el transporte comienza cada actividad del día, ir a trabajar, hacer vueltas, volver a la casa. Es parte fundamental de nuestras vidas…
A mí a veces me da risa ese silencio dentro del bus, me provoca saludar a gritos a la gente, comentar sobre el clima o el trancón, reclamar por qué es que nos miramos tanto sin saludarnos e inclusive por qué pocas veces nos ayudamos los unos a los otros cuando alguien tiene algún problema en aquel enredijo matutino. ¿Por qué?
Este pedazo de lata, que tiene letreros digitales con letras doradas en su parte exterior, que cuenta con un chofer mudo, con uniforme y sin afán; que alberga universitarios y ancianos, y que se demora en pasar, se ha convertido en mi mayor salvación.
La dinámica que se teje en un bus es pasada de interesante, yo diría que es hasta chistosa. Digamos que son las 6 de la mañana. Usted va para la universidad o el trabajo. Espera el bus azul por 15 minutos y cuando llega se da cuenta que está cargado de gente…parada. Se sube, le paga al señor conductor mudo (hay hasta un letrero que dice: prohibido hablarle al conductor) y desde ese momento se sumerge en un aire pesado y caliente, y como por arte de magia y cuando menos se lo espera se encuentra pegado a una masa que con el transcurrir del tiempo se ha vuelto absolutamente compacta. Cabe aclarar que para donde se mueva esta aglomeración, usted lo hace también.
Una vez pegado a la masa y después de controlar que su maleta y su Ipod o celular estén a salvo, prosigue a inspeccionar el área (que ahora es casi homogénea): Jóvenes oyendo música, viejitas con sacos tejidos, ejecutivos con saco y corbata, señoras con grandes carteras y niñas que se nota que acaban de entrar a la universidad.
Lo más chistoso de estar dentro de la masa es que por más cerca que usted esté de alguien, nunca pero nunca lo va a saludar, ni a sonreírle o a levantarle la ceja. El bus urbano es el sitio en que las personas pueden llegar a compartir hasta dos horas de viaje sin ni siquiera saludarse. Eso sí, nos miramos los unos a los otros, de arriba abajo (o según la posición de la masa), escuchamos conversaciones entre amigos, por el celular, la música del otro, en fin. Pero jamás hay otro gesto entre esa cantidad de gente que comulga en el mismo rito matutino. El bus, en una ciudad tan grande como esta, es el nuevo punto de encuentro. Pero sería muy difícil aceptar el hecho de que todos, por sólo estar allí, tenemos mucho en común. Y claro que tenemos mucho en común, pues no por nada el transportarse hace parte de las necesidades suntuarias del hombre. Sin esto, creo que nos limitaríamos a las primarias como lo son alimentarse e ir al baño. Con el transporte comienza cada actividad del día, ir a trabajar, hacer vueltas, volver a la casa. Es parte fundamental de nuestras vidas…
A mí a veces me da risa ese silencio dentro del bus, me provoca saludar a gritos a la gente, comentar sobre el clima o el trancón, reclamar por qué es que nos miramos tanto sin saludarnos e inclusive por qué pocas veces nos ayudamos los unos a los otros cuando alguien tiene algún problema en aquel enredijo matutino. ¿Por qué?
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