Voy tres meses en una ciudad a la que todos los días le descubro algo diferente. Hoy, por ejemplo, descubrí una ruta alterna al trabajo con un 70% de probabilidades de sentarme siempre en el transmilenio. Y eso es mucho, después de casi morir de asfixia en uno de esos busesitos rojos y tratando de sacar la nariz de la multitud como un venado que huele el viento - yo en realidad sólo quería respirar-. Esto quiere decir que si leo los 15 primeros minutos de mi trayecto al trabajo todos los días (después de 15 se me cansan los ojos), es posible que algún día termine de leer a Nabokov, Saramago o Chaparro...tres libros empezados en tres meses...que no se me note que me dio duro el cambio! Pero bueno...toca leer en los huecos del trabajo, en la hora del almuerzo y en los largos trayectos por la ciudad.
Todos los días escribo casi una página mentalmente, y cuando llego por fin al computador, cansada del día, todo se desvanece y termino comiendo y viendo novelas como cualquier mortal colombiano. En esta ciudad tengo una obsesión seria por el chocolate y el yogurt. Yo, ¡comiendo Bon Yurt por Dios, feliz como una niñita de tres años y buscando el mejor brownie de Bogotá!
El tiempo sigue corriendo y el reloj empieza una cuenta regresiva. Quiero planear, pero no debo. Quiero pensar como Forrest: "Life is like a box of chocolates, you never know what you're gonna get". Que me sorprendan, que las casualidades vengan a mí como los pájaros a San Francisco de Asís diría Kundera. Que se me sigan apareciendo los fantasmas del pasado en los restaurantes de esta ciudad, que el destino se encargue de enredar lo que quiera y como quiera, que los paseos con un libro y un chocolate caliente me lleven a donde sea y que las idas a cine sola salgan de trámites.
martes, 6 de mayo de 2008
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