martes, 22 de abril de 2008

Divagando II

Un bus pita. Una nube tapa los rayos del sol que entran por el vidrio roto de la ventana. Llueve a cántaros y ella se pregunta por qué siente como si tuviera peces en el vientre. Se mira al espejo y ve una vez más el mar en sus ojos, maldice y cuenta los lunares de su cara; hay 27, no, 28.

Afuera, cinco personas diferentes ofrecen minutos a celular, un niño pide comida en una cafetería y una señora gorda pregunta por una dirección. Hace frío, pero en esta ciudad nadie tiene tiempo como para pensar que hace frío. Un señor calvo reparte volantes blancos que nadie recibe mientras Antonia sigue en el baño de su casa, mirándose al espejo. Piensa, ella piensa todo el tiempo y a veces odia hacerlo, pero en realidad agradece pensarlo todo. Cuando camina por la calle le gusta cambiar su punto de vista, literalmente. Se pregunta por qué todos miran lo que está a su altura y no se fijan en lo que hay más arriba, o más abajo o en aquellos rincones demasiado insignificantes como para ser valorados. Ella trata siempre de ver lo invisible: en la gente, en la calle, en las situaciones...se desvive con los pequeños detalles, con el diminuto lunar que tiene en su labio superior, con los chistes, los comentarios absurdos, los dichos de la gente, las situaciones cómicas, las películas románticas, el atardecer, la música, la comida, el llanto, el eterno recuerdo de lo que fue el amor perfecto, el café, los libros, una buena bailada de salsa, el mar...y la infinita pregunta de qué va a hacer con lo que tiene adentro. ¿Qué piensas hacer Antonia?

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