lunes, 21 de abril de 2008

Divagando

El sábado vi el atardecer con detenimiento. No lo veía hace casi tres meses, desde que llegué a esta ciudad. En Cali, mi hora favorita son las seis de la tarde; la luz y la brisa a esta hora no son iguales en ninguna otra ciudad del mundo. Ese sábado fue cuando me di cuenta que a medida que crecemos nos olvidamos de lo esencial de la vida y de las cosas más pequeñas. Ahora estoy entrando a la vida de los adultos, de trabajar desde temprano hasta tarde, de tener la mente ocupada sólo con el trabajo. ¿Pero qué pasa con esas cosas tan absurdamente sencillas que nos hacen felices? Yo hice una lista en mi primer blog...son cosas que aún me hacen feliz…pero que no quiero olvidar, porque con el tiempo olvidamos.

En estos días iba en el bus con un compañero del trabajo (uno de esos que te alegran el día con sólo una sonrisa sincera) que va a tener un hijo y en vez de decirme todo lo que le iba a enseñar cuando naciera, me decía que tenía planeado aprender mucho de él. Y entendí; entendí que olvidamos reír a carcajadas sin sentido, que olvidamos reaccionar con sinceridad ante todo, que perdemos con el tiempo la capacidad de asombro, de embobarnos con algo, de contemplarlo y encontrarle su esencia. Vamos tan rápido…que todo se vuelve patéticamente NORMAL. Y ese es el término más triste que puede existir.

Yo sigo buscando las formas de escapar de la normalidad, tratando de perderme en las explicaciones de los buenos compañeros de trabajo, en los abrazos del niño que me recuerda a mi hermana, en el que enciende luces y me dice la niña de los ojos cafés, en las charlas con una flaca, en las gafas del que me recuerda la presión en el pecho, en el rasta que quiere ir al pacífico, en las sonrisas de corredor, los tintos de máquina, los chistes groseros y las echadas de perros; en el cielo gris de esta ciudad a la que por fin opté por decirle lo que alguna vez dijo Andrés Calamaro, no precisamente a una ciudad: “Igual somos amigos, porque para enemigos hay un montón de gente”

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