domingo, 6 de abril de 2008

El No-lugar

Recuerdo con nostalgia cuando entré a la carrera de comunicación. Tenía 5 años menos, el pelo más corto, sueños, ilusiones, definitivamente más gordura en los muslos y muchas ganas de aprender. Tenía un morral verde militar, grande. Los primeros años fueron de teoría, que aunque a veces me desesperaba leer a tipos con pensamientos tan locos a toda hora y quedarme dormida encima de las fotocopias, me encantaba. Como en tercer semestre me tocó leer a un tipo, disque Marc Augé, antropólogo y etnólogo francés. Augé plantea el término de No-lugar. En palabras de él:

«Si un lugar puede definirse como lugar de identidad, relacional e histórico, un espacio que no puede definirse como espacio de identidad ni como relacional ni como histórico, definirá un no lugar. La hipótesis aquí defendida es que la sobremodernidad es productora de no lugares, es decir, de espacios que no son en sí lugares antropológicos y que contrariamente a la modernidad baudeleriana, no integran los lugares antiguos.»

Con esto, el autor se refiere a los medios de transporte, los aeropuertos, las estaciones de los trenes, las grandes cadenas hoteleras, los parques y supermercados, etc. Desde su perspectiva de etnólogo y antropólogo Augé analiza la condición del hombre posmoderno y las dinámicas que se tejen en los procesos de la vida cotidiana.

Toda esta pequeña introducción es para decir que desde que llegué a Bogotá pienso en el No-lugar y en la teoría de Augé. En la estación de transmilenio, en el paradero del bus, cuando entro a CityTV y muestro el carné, cuando voy a Carulla y compro algo, cuando camino por el centro y miro la gente. Supongo que en Cali no sentía tanto el peso y la presencia del No-Lugar porque todo era demasiado familiar para mí. Seguía viviendo en el apartamento al que me llevaron cuando llegue del hospital en donde nací; había ido toda mi vida al mismo parque, al mismo colegio y al mismo supermercado.

Desde que llegué me siento definitivamente en el no-lugar. En esta ciudad la postmodernidad se respira en cada calle, en cada bus lleno de gente, en cada centro comercial atestado de personas que consumen, que deambulan de un lado sin saber realmente a dónde van.

Siento que cada persona que va caminando por la calle tiene un objetivo por más pequeño que sea: ir al banco, llegar temprano al trabajo, hacer el desayuno o conseguir una moneda para comprarse un tinto. Todos, por más tonto que sea lo que hacemos diariamente, estamos todo el tiempo tratando de encontrar un lugar: un lugar físico, mental, espiritual, pero al fin y al cabo un lugar donde uno sea ALGUIEN, alguien aceptado y reconocido dentro de la sociedad. En la gran postmodernidad de la urbe, donde cada vez somos más en una jungla de cemento monumental, somos en realidad un No-alguien en un No-lugar, siempre buscando, buscando, buscando.

Pero en este mar de gente; en esta explosión de culturas, de gustos, de sabores, de colores, de infinitas posibilidades y combinaciones, de mezclas y matices, y aunque sean más los que se pierden que los que se salvan, yo sigo buscando mi lugar en esta ciudad.

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